Samuel Verlaine mi diario personal

Samuel Verlaine mi diario personal

MAPA

♡V♡

1. POR TI

21 de Marzo de 2024

Me Devolviste a Mi Vida.

Hay un salto en el tiempo. Un fundido que me devuelve los colores a mi vista desde una oscuridad cegadora. Desaparece un grave bloqueo mental y concluye un largo espacio en blanco en el archivo de mi propia vida.

Lo primero que registro, con un esfuerzo mental inmenso, es el primer fotograma nítido que conservo de mi nuevo renacer. No se trata de la luz intensa de un hospital, ni el sonido rítmico de un monitor cardíaco, es... una mesa.

Las paredes que me rodean pertenecen a un apartamento completamente desconocido para mí. Un escenario extraño, un "no-lugar", donde me encuentro sentado, en aquella mesa, junto a las dos personas que me dieron la vida: mi padre y mi madre.

Estamos comiendo. Un acto tan humano, tan básico y terrenal, que contrasta de forma salvaje con el abismo del que acabo de regresar. Mi mente aún flota; soy como un espectador dentro de mi propio cuerpo. Y de pronto, sin pensarlo, sin planearlo, mi boca articula una frase. Digo algo gracioso. Una simple broma.

El contenido exacto se me escapa del recuerdo, pero lo que jamás podré olvidar es el eco que esas palabras provocan en la habitación.

Veo a mi madre girar la cabeza hacia mí de forma repentina. En su rostro presencio un milagro silencioso: un agotamiento profundo, una angustia feroz y un terror helado que no logro comprender en este instante... pero todo parece evaporarse en una fracción de segundo. Es una mezcla de alivio instantáneo, como si le acabaran de arrancar un bloque de piedra del pecho.

Busca la mirada de mi padre. Dibuja una sonrisa, de esas que nacen desde la fatiga más extrema, pero que están iluminadas por la más absoluta esperanza y... pronuncia la frase que lo cambia todo:

-Samuel, acaba de soltar una de sus bromas. Ya está siendo la misma persona de siempre, se está recuperando. -expresa con cierta alegría y confianza en sus propias palabras.

Y es ahí. Exactamente en este instante. Con estas palabras de mi madre y su sonrisa, el engranaje en mi cabeza hace un sonoro "clic".

A partir de este mismo y exacto segundo, como si alguien hubiera vuelto a pulsar el botón de encendido en mi interior, mi memoria comienza a registrarlo todo de nuevo. La voluntad de decisión, la consciencia nítida del presente y el peso de estar "aquí y ahora", regresan a mí de golpe.

Es en esta silla, tras una broma olvidada y la mirada aliviada de mi madre y sus palabras esperanzadoras donde verdaderamente vuelvo a nacer.

Miro de nuevo a mi alrededor, rastreando con la mirada cada rincón, intentando anclarme a algún detalle de este apartamento que me resulte mínimamente familiar. Pero no hay nada. Mi memoria es incapaz de identificar estas paredes.

Y justo después, invade mi mente esta primera y punzante duda... 《¿Dónde estoy?》. Me veo sepultado bajo un aluvión de preguntas, un interrogatorio feroz que mi propia conciencia me lanza de golpe, al borde del colapso, exigiendo respuestas que en este momento me resultan del todo imposibles de contestar:《¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Qué día es? ¿Cuánto tiempo he estado ausente de mi propia vida?》

Siento el impulso físico de soltarlo todo de golpe, de pedirles explicaciones urgentes, pero me detengo. Al mirar a mis padres, al observar la extrema fragilidad de esa paz que acaba de asomar en el rostro de mi madre, decido tragármelo todo. No quiero formular en voz alta ni una sola de estas cuestiones. No quiero ensombrecerlos de nuevo.

En esta recién estrenada y cruda voluntad consciente del presente, sé con absoluta certeza que ha ocurrido algo devastador. El peso en el ambiente, las miradas, mi propia desorientación... todo lo grita en silencio. Pero preguntarles directamente 《¿Qué ha pasado?》 significaría arrastrarlos de vuelta a la pesadilla de la que me están intentando rescatar.

Mi instinto despierta mucho antes que mis propios recuerdos: prefiero cargar con el peso insoportable de la incertidumbre antes que devolver la angustia a sus ojos. Elijo el silencio para protegerlos.

De golpe, como un relámpago iluminando una habitación a oscuras, mi identidad y parte de mi pasado regresan a mí de un solo impacto. Algunos recuerdos se agolpan en mi mente con una nitidez abrumadora:

《Soy Samuel. Nací en Sevilla, crecí bajo el cielo azul de Huelva, volé del nido, construí mi refugio a solas en Marbella...》

Según el orden natural de mi existencia, según el último archivo de mi propia memoria, yo debería estar allí, en mi piso de Marbella.

Pero no.

Estoy atrapado entre las paredes de un lugar que no reconozco, sin saber siquiera qué ciudad pisan mis pies. 《¿Cómo ha saltado mi vida desde la más estricta y absoluta soledad hasta este presente incomprensible?》

Y entonces, me asalta la pregunta que más me hiela la sangre: 《¿Qué hago yo sentado a la mesa con mis padres, de repente compartiendo el pan, cuando ellos viven en Huelva y llevo más de un año sin verlos?》

Lo verdaderamente aterrador no es solo el escenario, sino mi propia reacción. 《 ¿Por qué hasta este instante, hasta el segundo exacto del alivio de mi madre expresado en su sonrisa y sus palabras de que yo volviera a ser el Samuel de siempre, he interactuado con ellos con total naturalidad? He escuchado su voz, le he hablado, la he mirado a los ojos sin la más mínima extrañeza, como si compartir esta mesa fuera la rutina más normal del mundo. ¿Cómo es posible actuar con semejante calma cuando, según el último fotograma guardado en mi cerebro, nuestras vidas están separadas por la distancia y un año entero de ausencia?》

Un inmenso y oscuro abismo se abre entre mi último recuerdo solo en casa y esta silla: 《¿Cuánto tiempo se ha evaporado? ¿Cuántos días, semanas o meses me han sido arrebatados? ¿Qué ha ocurrido realmente en este fundido a negro, en este salto en el tiempo que mi mente, quizás por pura supervivencia, se niega a revelarme?》

Volví a Sentir

El silencio de mi propia memoria es ensordecedor.

-Samuel... come. -expresa la tierna y cariñosa voz de mi madre, rasgando el velo de mis pensamientos con una simpleza que me devuelve de golpe a la silla.

Bajo la vista hacia la mesa y observo los platos. En los suyos veo jugosas pechugas de pollo a la plancha con patatas fritas; la estampa misma de la normalidad. Luego, mi mirada desciende hacia mi propio plato. Frente a mí no hay carne sólida ni cubiertos de metal. Lo que tengo es una especie de puré espeso, una amalgama triturada hasta perder la forma original de lo que ellos están comiendo. Y a su lado, en lugar de un tenedor o un cuchillo, descansa una pajita. Una simple cañita metálica, dispuesta ahí como si fuera la herramienta más natural del mundo para alimentarse.

La confusión vuelve a amontonarse en mi garganta, pero antes de que logre articular una sola sílaba para preguntar qué es esto, mi madre se adelanta. Lee el desconcierto en mis ojos y se apresura a explicar, con esa dulzura que la caracteriza y que ayuda a maquillar la gravedad de la situación:

-Como no puedes comer cosas sólidas, hice un experimento. Te preparé pechuga de pollo con patatas y lo trituré todo. Así, te alimentas bien. -explica, esperando ver alguna reacción en mí ante su nueva receta.

No hubo tiempo de reaccionar ni comentar su nuevo invento nutritivo. En este preciso instante, la anestesia del shock inicial desaparece y el cuerpo me reclama. Vuelvo a sentirlo. Soy dolorosamente consciente de que el tormento crónico en mi tibia izquierda, mi vieja compañera "la pseudoartrosis", sigue ahí, latiendo de forma sorda bajo la mesa.

Pero hay algo más. Una punzada feroz y salvaje que me atraviesa dentro de la boca. Al acercarme a la pajita y comenzar a absorber aquel puré tibio, el esfuerzo más mínimo multiplica la agonía. Es un dolor bucal intenso, agudo, que me paraliza.

Mi rostro es un mapa transparente de ese sufrimiento, porque al instante veo cómo la expresión de mi madre se tensa. No obstante, se mantiene firme. Su mirada es un abrazo lleno de empatía, pero al mismo tiempo es el salvavidas que me prohíbe hundirme.

-Samuel, intenta comerlo todo. Esto tiene muchos nutrientes que necesitas. -me pide, casi como una súplica cargada del amor que siempre caracteriza su tono de voz maternal.

Con una lentitud impuesta por el intenso dolor de mi boca, voy absorbiendo pacientemente la comida. Mientras trago cada sorbo, mi mente traza un plan de supervivencia: necesito averiguar la verdad. Necesito despejar esta niebla de dudas, pero me juro a mí mismo que lo haré por mi cuenta, sin formular una sola pregunta en voz alta. Me niego a ser el causante de que mi madre tenga que recordar y verbalizar la tragedia de la que me acaba de rescatar. La protegeré de sus propios recuerdos.

Termino. Me levanto de la silla. Me dirijo al cuarto de baño. Cierro la puerta. Me sitúo frente al espejo. Levanto la vista...

Voy a Sonreír... Seré Feliz...

El reflejo que me devuelve el espejo me deja sin aliento. Casi no me reconozco. Mi rostro es el de un extraño donde uno de mis ojos está visiblemente más inflamado que el otro, alterando mis facciones. Me acerco aún más a mi reflejo. Llevo una de mis manos temblorosas hacia mi cara. Uso dos dedos para abrirme con cuidado los párpados. Busco alguna herida profunda, pero no veo nada más que la hinchazón ocular sin explicación aparente del dolor punzante, agudo y cegador, que se acentúa hasta obligarme a soltar los párpados.

Entonces, abro la boca, lentamente, para descubrir la razón del inmenso dolor que se esconde dentro de ella.

Ahí está el epicentro de la agonía. Mi lengua se encuentra, literalmente, rota. Parece como si la hoja afilada de un cuchillo la hubiera seccionado desde el lateral izquierdo, trazando un tajo profundo que casi llega, por escasos milímetros, hasta el mismo centro. Sí, así es, una imagen peor de lo que me esperaba encontrar... tengo media lengua colgando.

Ahora comprendo el origen de ese dolor insoportable, pero la herida esconde una crueldad aún mayor. Con el corazón desbocado, intento pronunciar unas palabras frente al espejo. El sonido que sale de mi garganta me paraliza. Tener la lengua destrozada no solo me condena a una tortura física, sino que me impide vocalizar con normalidad. Mi dicción, mi acento andaluz siempre claro y fiel a mis raíces, se ha transformado en un balbuceo extraño. Son palabras entendibles, sí, pero arrastradas, torpes, ajenas por completo a mi forma de expresión correcta y natural.

《Esa voz en el espejo no es la mía. Esa voz me confirma que algo o alguien me ha arrebatado otra pieza esencial de mi identidad.》

Siento un peso familiar en el bolsillo de mi pantalón: mi teléfono móvil. Quizás ahí estén todas o casi todas las respuestas de lo que ha ocurrido, del tiempo que llevo actuando como un autómata sin identidad, sin ser yo. Lo saco con manos que aún no reconozco del todo. La pantalla se ilumina y lo primero que me golpea, con una frialdad matemática, es la fecha de hoy: jueves, 21 de marzo de 2024.

Decididamente, abro WhatsApp. Deslizo el dedo por la pantalla, rastreando las conversaciones que van desde hoy retrocediendo a los días anteriores. Veo mensajes de algunos amigos preguntándome cómo estoy. Mis respuestas son escalofriantes por su frialdad: frases cortísimas, robóticas, propias del autómata sin identidad que ha estado habitando mi cuerpo. "Mal". "De médicos". "En el hospital"...

Sigo retrocediendo cada conversación de WhatsApp, día tras día, encontrando el mismo patrón vacío, hasta que alcanzo el 17 de marzo y en todas y cada una de las conversaciones se produce un salto hasta el 13 de marzo.

Llego a la conversación con Mamá. Allí me aguarda un mensaje de mi madre, escrito en realidad dos días antes desde Huelva, durante ese periodo fantasma, pero que llegó a mi teléfono móvil el 17 de marzo. Leo su mensaje y el corazón se me encoge en el pecho:

"Samuel, ¿estás bien? Por favor, cariño, si te ha pasado algo dímelo, yo no podría vivir sin ti."

El texto no viene solo. Lo acompañan varias fotos y vídeos de cuando yo era apenas un bebé. Imágenes de mi madre sosteniéndome en brazos, bañándome de recién nacido, paseando conmigo por el parque... Es el esfuerzo más grande de una madre intentando romper las leyes del universo enviando un mensaje, fotos y vídeos, de forma desesperada a un teléfono móvil que se había quedado ya sin batería. Se me desgarra el alma.

Me fijo en los detalles de la aplicación y descubro algo que me hiela la sangre: ese mensaje, enviado con tanta angustia, no fue recibido en mi teléfono hasta ese mismo 17 de marzo de 2024. La razón me golpea de inmediato: desde el día 13 hasta el 17, mi móvil permaneció completamente apagado.

No sé por qué se apagó. Mi memoria sigue siendo un muro de niebla incapaz de darme la razón exacta, pero no me hace falta. Mi instinto, esa intuición visceral que despierta mucho antes que los recuerdos, ata los cabos sueltos. Esos cuatro días de silencio digital son mi propio fundido a negro, el preludio a una muerte anunciada con el más profundo sigilo. Cuatro días de oscuridad en los que, con toda seguridad, estuve inconsciente, suspendido en el vacío y rozando mi propio final.

Bajo el teléfono. Ahora el puzle empieza a cobrar un sentido aterrador. Comprendo por fin por qué estoy en este lugar desconocido con ella. Comprendo su agotamiento extremo y esa sonrisa de alivio al escucharme bromear en la mesa. Ella no está aquí de visita. Ella es la que rompió el silencio de esos cuatro días; la que cruzó la distancia, de unos 300 kilómetros, desde Huelva hasta Marbella para rescatarme y arrancarme de los brazos de una muerte segura.

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