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PRÓLOGO
¿Quién es Samuel Verlaine?
¿Alguna vez has sentido cómo tu vida se rompe en un instante?
No hablo de una metáfora. No hablo de un dolor que va creciendo despacio, que se anuncia con señales, que te da tiempo de prepararte. Hablo de una detonación interna. Absoluta. Irreversible. ¡Crack! Un sonido seco y rotundo del quiebre de un hueso, cuyas vibraciones sordas me recorrieron la médula, hasta sacudir los cimientos mismos de lo que yo creía ser. En ese instante —en ese brevísimo y eterno instante— no solo se partió un hueso. Se partió mi mundo.
El Samuel que yo conocía murió bajo el eco de esa grieta sísmica. Sin aviso. Sin despedida. Simplemente dejó de existir, sepultado bajo el escombro de un dolor que apenas comenzaba a respirar. Lo que quedó en su lugar era un desconocido: un hombre exiliado de su propia vida, mirando desde afuera una existencia que ya no reconocía como suya.
Pero para entender la profundidad de ese abismo, primero tienes que conocer la altura desde la que caí.
El Mosaico Dorado
Mi historia comenzó bajo el sol blanco y seco de Sevilla, un 31 de mayo de 1983. Allí, la vida me entregó las primeras piezas de un puzle que prometía ser magnífico. Crecí entre aromas de azahar y las voces milenarias de los olivos. A los pocos años nos trasladamos a Huelva. Allí descubrí el puro aroma de la brisa marina de unas playas naturales, que desprendían las fragancias exquisitas de los pinares onubenses, el romero, la jara y la sal. Cada pieza se estaba ensamblando; existía a mi alrededor un mundo que tenía sentido, que tenía forma, que tenía música.
Esa existencia culminó con mi emancipación e independencia, siendo Marbella el lugar elegido por mí, mi refugio junto al mar y la ciudad que verdaderamente lo consiguió: Marbella me enamoró. Durante dieciséis años, El Corte Inglés no fue simplemente un trabajo; fue mi ancla, mi propósito, el eje sobre el que giraba todo lo demás. El orden profesional y la paz personal se fundían en una coreografía perfecta, en una sinfonía que yo mismo había compuesto sin darme cuenta.
Fui feliz. De esa forma absoluta y confiada en la que solo se puede ser feliz cuando no se conoce la fragilidad del suelo que pisamos. Y es curioso que, aunque lo sabía, no podía hacerme a la idea de lo inmensa que fue esa felicidad de aquellos años, la vivía sin ser completamente consciente de su magnitud, hasta que desapareció. Cada mañana era una pieza que encajaba con una precisión perfecta. Cada día construía algo más grande que yo mismo. Creía haberlo completado: el mosaico era hermoso, brillante, sólido.
Lo que no sabía —lo que nadie me dijo jamás— es que los mosaicos más hermosos son, por su propia naturaleza, los más vulnerables ante el impacto del caos.
El Falso Fondo
Y entonces, se rompió todo. No fue solo un tropiezo. No fue solo una crisis. No fueron solo amistades bajo la falsa piel de un cordero. Fue solo todo eso junto, y más. Fue un terremoto, el mayor terremoto vivido jamás. El mosaico de mi vida estalló en mil pedazos, y yo con él. Lo que vino después fue una sucesión de cirugías que esculpieron un cuerpo que ya no reconocía como mío, un laberinto de dolor crónico del que no encontraba la salida, y una mente que empezó a ceder bajo el peso de todo lo que el cuerpo ya no podía sostener.
Intenté caminar sobre cristales que cortaban continuamente la planta de mis pies, mientras fingía que estaba bien. Durante meses, durante años, interpreté el papel de alguien que se recupera, que avanza, que tiene esperanza. Pero algo seguía mis pasos tras de mí, sigilosamente a través de mi propia sombra; gradualmente y de forma casi imperceptible, los mismos cristales que pisaba habían estado tomando una nueva forma más peligrosa, literalmente una forma mortal. Habían logrado subir por mi cuerpo en espiral, me habían atrapado sin escapatoria, hasta poder formar su posición final, rodeando mi cuello en una dolorosa soga de cristales rotos. Ansiedad y depresión no son el suelo firme sobre el que uno se impulsa; es un laberinto con oscuros sótanos secretos, trampillas que se abren justo cuando crees haber tocado fondo, una caída tras otra, cada vez a un nivel inferior al anterior, que no sabía ni que existían, ni siquiera las sombras que en cada descenso habitan.
Y de manera muy lenta, la claridad mental fue dando paso a un estado de neblina perpetua, cada vez más densa. Fueron años en los que no una, ni dos, ni tres, sino innumerables veces, me vi rodeado de batas blancas de hospital y silencios gélidos. Y dejé de salir a dar un simple paseo, comer fuera de casa, visitar a mis amigos, hasta llegar a un instante crucial. Fue el momento en que dejé de escuchar música y no quedó nada sobre la faz del planeta Tierra que lograra hacerme disfrutar o tener una ínfima ilusión por algo, aunque fuera lo más pequeñito a lo que aferrarme. Para alguien como yo, eso no era solo un síntoma; era la extinción de lo último que me quedaba. El dolor crónico había comprimido mi esencia hasta que la melodía de mi vida desapareció por completo.
Creí haber tocado fondo. Me aferré a esa certeza como si fuera un salvavidas: desde aquí solo se puede subir. Qué equivocado estaba. El abismo siempre tiene un nivel más.
El Borde del Silencio
Marzo de 2024. El reloj se detuvo. No de manera metafórica. Se detuvo de verdad, en ese espacio que existe entre el latido y el silencio que viene después. La oscuridad de siempre se había reconvertido en algo diferente, más profundo, más helado: un vacío absoluto, sin fondo, sin paredes, sin eco. Un nivel de agonía que yo no sabía que existía, y que borró de golpe todo el terror que había vivido antes, haciéndolo parecer casi tibio.
El rostro de la muerte me miró a los ojos. No con violencia. Con una fijeza tranquila, casi amable, dispuesta a cerrar el libro de mi vida, sin dramas. Mis latidos perdían el ritmo. Mi historia llegaba a su fin. Me rendí.
Y fue exactamente entonces, en el preciso instante en que yo soltaba, cuando el asfalto comenzó a arder.
